Esposas de Cristo: Testigos del Reino del Cielo

Por el Obispo James Conley

El 7 de abril, tuve el privilegio y el honor de ofrecer la Santa Misa y asistir a la cena para nuestras hermanas religiosas en toda la Diócesis de Lincoln que están celebrando aniversarios significativos (jubileos). Fue un hermoso evento organizado por la Parroquia de Santa María en Denton para honrar el servicio de las hermanas a Cristo y a su Iglesia.

Las hermanas religiosas han sido parte integral de la vida católica en la Diócesis de Lincoln y en los Estados Unidos desde los primeros años de la fundación de nuestro país.

Desafortunadamente, el número de hermanas religiosas activas en los Estados Unidos ha disminuido significativamente desde la década de 1960. Según el Centro de Investigación Aplicada en el Apostolado (CARA) de la Universidad de Georgetown, el número de religiosas que sirven en los Estados Unidos se redujo de aproximadamente 180.000 en 1965 a cerca de 50.000 en el 2014, un 72% menos en esos 50 años. En el 2017, había aproximadamente 45.500 religiosas en los Estados Unidos.

Esta preocupante disminución significa que muchos católicos en nuestro país probablemente vivirán toda su vida sin ser influenciados por el corazón amoroso, semejante al de Cristo, de una hermana religiosa consagrada.

A pesar de esta tendencia nacional, la Diócesis de Lincoln ha sido bendecida con una abundancia de religiosas buenas, santas y dedicadas, tanto activas como contemplativas. Sigo maravillado por el trabajo de estas hermanas y su gran número.

Estas hermanas hacen muchas cosas maravillosas por el bien del Reino de Dios. Sirven en la administración, la enseñanza, el cuidado de la salud, el ministerio juvenil y muchos otros apostolados en nuestra diócesis. Todas estas hermanas son mujeres de profunda oración y contemplación. Algunas hermanas -como las Hermanas de la Adoración del Espíritu Santo y las monjas carmelitas- tienen como carisma rezar constantemente por las necesidades del mundo.

Aún más importante que el buen trabajo que hacen estas hermanas, es quiénes son. Son novias de Cristo. Su testimonio apunta a nuestra meta final, nuestro destino final: el Reino de los Cielos.

En su Carta a los Efesios, San Pablo llama a la Iglesia la Esposa de Cristo. Cristo es el Esposo, que ama a su esposa, la Iglesia, entregándose a ella, santificándola y limpiándola.

El objetivo de toda vocación es estar unidos a Dios; vivir en comunión con la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Muchos son llamados al sacramento del matrimonio, donde por la gracia de Dios, el amor de marido y mujer refleja el amor de Cristo por su Iglesia. Necesitamos matrimonios sacramentales buenos y fuertes para ser esa imagen del amor de Cristo.

Y sin embargo, el Señor nos dice en el Evangelio de Mateo: “En la resurrección no se casan ni se dan en matrimonio” (Mt 22,30). Jesús no habla estas palabras por falta de respeto al matrimonio, porque él creó la institución del matrimonio. Él simplemente nos está dirigiendo a su propósito final.

San Francisco de Sales decía: “Las órdenes religiosas no se forman con el fin de reunir a la gente perfecta, sino para aquellos que tienen el valor de aspirar a la perfección.” Las hermanas religiosas desean esta perfección a través de su matrimonio espiritual con Jesús.

Durante su ministerio público, recordamos el encuentro de Jesús con el joven rico. Este joven es un buen israelita: reza sus oraciones; sigue la ley de Moisés; obedece todos los mandamientos. Y el joven hace una pregunta importante: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (Mt 19,16). Jesús le dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo” (Mt 19,21).

Las religiosas hacen los votos de pobreza, castidad y obediencia. Al hacerlo, viven estas instrucciones para el joven rico. Sus mismas vidas nos dan el coraje de apuntar a la perfección. No hay nada de reserva en sus vidas; ellas están “con todo” con Nuestro Señor.

Una religiosa consagrada es una “esposa de Cristo.” En su matrimonio espiritual con Jesús, ella es un símbolo de lo que todos seremos por toda la eternidad: unidos a Cristo. Han aceptado el llamado de Jesús a renunciar a todo lo que tienen y a seguirlo. 

Necesitamos el testimonio de estas buenas religiosas hoy más que nunca. Vivimos en el país más rico materialmente que ha existido. Somos fácilmente atraídos por las riquezas. Necesitamos su testimonio para saber que la alegría se encuentra en la pobreza radical.

Tenemos la bendición de vivir en un país donde nuestra constitución nos protege como ciudadanos de las restricciones externas, lo que nos permite seguir nuestros propios intereses y, como cristianos, vivir en la libertad de los hijos de Dios. Y sin embargo, existe la tentación de confundir esta libertad con la licencia para hacer lo que yo quiera, la deificación de mi voluntad, con poca o ninguna orientación hacia lo que es bueno.

A través del voto de obediencia que las religiosas hacen, nos recuerdan la alegría de la obediencia. Es a través de la obediencia que humildemente entregan su voluntad a la de otro. Al hacerlo, permiten que la voluntad de Dios dicte su vida diaria, y al seguirla encontrarán gran alegría.

El mundo en el que vivimos está saturado de sexo y al mismo tiempo confundido sobre el verdadero significado de la sexualidad humana. A través de su voto de castidad, las religiosas nos señalan el máximo deseo de todo corazón humano: la intimidad eterna con Dios.

Los religiosos saben muy bien que al hacer votos de pobreza, castidad y obediencia, van en contra de los valores de nuestro mundo contemporáneo, por eso precisamente necesitamos el testimonio de su hermosa vida centrada en Cristo.

Mientras nos preparamos para entrar en los misterios de la salvación con la Semana Santa y el Triduo Sagrado, demos gracias al Señor por el don de sus esposas de Cristo, testigos del Reino de los Cielos.

Obispo Conley

 Acá encontrará la reciente carta del Obispo sobre el tema de la inmigración: Español    English

 

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