Teniendo Corazones que se Entregan y Confían

Por el Obispo James Conley

La semana pasada me uní a mis colegas de las oficinas diocesanas de Lincoln para un retiro de un día en la Casa de Retiros de Nuestra Señora del Buen Consejo. Celebrado al comienzo de cada temporada de Cuaresma, el propósito de este retiro es ofrecer un tiempo para la renovación personal y la reflexión para nuestro personal diocesano.

Este año invité al padre James Golka, rector de la Catedral de la Natividad de la Santísima Virgen María en Grand Island, para presentar el día de la reflexión. Estoy agradecido por su gentil aceptación y disposición para compartir un mensaje impactante con los presentes.

El Padre Golka nos recordó que la Cuaresma es un momento oportuno para preguntarnos qué es lo que en nuestras vidas Dios nos llama a entregar.

Podríamos contrastar el acto de la entrega con el pecado de nuestros primeros padres. Dios les había dado todo lo que necesitaban para su cumplimiento, y sin embargo, agarraron del fruto prohibido, el pecado, que no era bueno para ellos. Hacemos el mismo tipo de agarre cuando pecamos.

En contraste, Jesús y la Santísima Virgen María ejemplifican la verdadera entrega. Jesús, el Nuevo Adán, en el Jardín de Getsemaní, sabiendo que le esperaba una muerte tortuosa, le dijo al Padre: “Padre, si quieres, quítame esta copa; aún así, no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22:42). La Santísima Virgen María, la Nueva Eva, le dijo al Ángel Gabriel: “He aquí, yo soy la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Podemos sentirnos tentados a ver esta entrega bajo una luz negativa, pero en realidad es bastante liberadora. Si nosotros, como Jesús y la Santísima Madre, confiamos en la voluntad de nuestro Padre Celestial para nosotros, nos da una paz que solo Él puede darnos. Cuando confiamos, nuestros problemas ya no son nuestros problemas, sino los problemas de Dios.

Este acto de entrega es donde encontramos nuestro propósito e identidad. La Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo moderno, Gaudium et Spes, dice que el hombre “no puede encontrarse completamente a sí mismo excepto por medio de un don sincero de sí mismo.”

En una palabra, este don sincero de sí mismo es el amor. A través de la gracia recibimos el amor de Dios y lo extendemos a nuestro prójimo.

Nosotros, por supuesto, debemos tomar la decisión de amar. Es a través de nuestra voluntad, donde tomamos la decisión de hacer lo que es bueno o lo que es malo.

A menudo, usamos la imagen del corazón para describir la voluntad. Es una imagen apropiada. En nuestros cuerpos humanos, la sangre circula hacia y desde nuestros corazones, permitiendo que nuestras vidas continúen y florezcan.

En nuestras vidas espirituales, nuestros corazones necesitan recibir el amor de Dios y a cambio amar, para sostener nuestras vidas en Cristo. Si nuestros corazones no están llenos del amor de Dios, estamos muertos espiritualmente. Necesitamos tener corazones que se hayan rendido, entregados al amor de Dios.

El próximo miércoles, 20 de marzo, la reliquia principal del corazón incorrupto de San Juan Vianney estará en la Catedral de Cristo Resucitado en Lincoln. Este es el corazón físico de un hombre que entregó su vida a la voluntad de Dios. Es el santo patrono de los sacerdotes de parroquia.

San Juan Vianney sabía que quería servir al Señor como sacerdote a una edad temprana. Su reclutamiento en el ejército de Napoleón retrasó sus estudios para el sacerdocio, y sin embargo mantuvo el deseo en su corazón. A pesar de que sufrió en sus estudios, poseía un corazón sacerdotal que se parecía al corazón del Gran Sumo Sacerdote, Jesucristo.

San Juan Vianney fue asignado a la pequeña ciudad de Ars, y la transformó a través de su santidad y su celo. El cura de Ars, como se le conoce comúnmente, a menudo estaba en el confesionario durante más de 16 horas al día. Gente de toda Francia acudía a Ars solo para que les escuchara su confesión. Y a través de su elocuente predicación, trajo muchos corazones a la conversión.

San Juan Vianney pasó por muchas pruebas en su vida, y él continuó entregándose al Señor. Ruego que en esta Cuaresma podamos confiar en que Dios nos está usando para un propósito mayor, especialmente en tiempos de aflicción.

A veces nos encontramos en situaciones que nunca imaginamos para nuestras vidas: trabajos difíciles, matrimonios rotos, enfermedades o pérdidas repentinas. No es fácil pensar que Dios tiene un plan perfecto que incluye tal dolor. Aun así, debemos confiar en Dios como nuestro Padre perfecto, un padre que nos ama y nos cuidará.

Para mí el mensaje del Padre Golka de entregarnos a Dios me parece particularmente oportuno mientras seguimos orando por la purificación en la Iglesia, especialmente en esta diócesis. Es mi oración en esta Cuaresma que el Médico Divino usará este momento doloroso para traernos sanación.

Incluyo a continuación una poderosa oración de San Ignacio de Loyola. Que esta Cuaresma sea un momento para que entreguemos nuestros dones y aumentemos nuestra confianza en el plan de Dios para nuestras vidas, nuestra diócesis y su Iglesia.

Suscipe (“Recibir”)
San Ignacio de Loyola

Toma, Señor, y recibe toda mi libertad; mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; Todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste y a ti lo regreso; Todo es tuyo; dispón tú de ello según tu voluntad. Dame Tu amor y Gracia, que éstas me bastan.

Obispo Conley

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