Apego al Amor que Jesucristo Quiere Dar

Por el Obispo James Conley

Este próximo miércoles, 6 de marzo, es el Miércoles de Ceniza, el comienzo del tiempo sagrado de la Cuaresma.

La temporada de Cuaresma es una época en la que, tal vez, entramos de mala gana. Podemos pensar en todas las cosas que tenemos que hacer durante esta temporada, incluyendo nuestros sacrificios personales, en los que “renunciamos a algo para la Cuaresma,” y esa puede ser la razón por la que entramos en ella con vacilación.

La Cuaresma si es, de hecho, una temporada penitencial. Litúrgicamente, nos ponemos vestiduras sombrías de color violeta. Meditamos en la Pasión de Cristo, meditando más intencionalmente sobre el dolor y el sufrimiento que nuestro Señor soportó para ganar nuestra salvación. Incorporamos en nuestras vidas los tres actos tradicionales de la temporada de Cuaresma: oración, ayuno y limosna.

La Cuaresma ciertamente se trata de la renuncia y el desapego, pero nos separamos de las cosas del mundo y de nuestros deseos terrenales para que podamos estar apegados al amor que Jesucristo quiere darnos.

La oración, el ayuno y la limosna no son fines en sí mismos; son medios para acercarse más a Jesús.

Durante el retiro para todos los obispos de los Estados Unidos, el maestro de retiros, el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la casa papal, dijo: “El ascetismo cristiano, por lo tanto, es mucho más que la renuncia. Es mucho más que el sufrimiento autoinfligido. Significa quitarnos los trapos sucios de nuestra naturaleza pecaminosa y restaurar en nosotros la bella imagen de Dios, como quitar el óxido para dejar que el metal real brille de nuevo.”

Estas imágenes que el Padre Canatalamessa presenta sobre el ascetismo cristiano también se aplican al propósito de nuestras prácticas ascéticas durante la Cuaresma. Es un momento para que nos convirtamos en las personas que Dios quiere que seamos: imágenes de sí mismo.

La palabra ascetismo proviene de la palabra griega askesis, que significa “práctica” o “ejercicio.” En su uso antiguo, era una palabra que se refería a la práctica y el ejercicio necesarios que los atletas realizaban para lograr sus objetivos deportivos.

Entonces, el ascetismo se traduce bien al vocabulario de la vida espiritual cristiana. La vida espiritual cristiana consiste en la práctica diaria y ejercicios que conducen a nuestro objetivo de vida eterna.

Pero, a diferencia de los atletas, lograr nuestra meta de vida eterna no depende solo de nosotros. Los corredores que se preparan para la gran carrera deben su éxito o fracaso a sus propios esfuerzos. En la vida espiritual cristiana, todos nuestros esfuerzos, nuestra práctica y nuestro ejercicio, simplemente nos disponen a la obra del Espíritu Santo.

Los ejercicios espirituales adicionales que realizamos durante la Cuaresma no se realizan para demostrar cuán duros somos, sino para hacer espacio en nuestras vidas para que el Señor nos sane, nos fortalezca y crezca nuestra confianza en él.

Los tres actos tradicionales de oración, ayuno y limosna son medios para hacer espacio para el Señor en nuestras vidas.

Un aumento en la oración es realmente un deseo de renovar la amistad más importante en nuestras vidas: nuestra amistad con Jesús. Esta es una amistad que va a durar para siempre. Darle tiempo al Señor en oración nunca es una pérdida de tiempo.

La oración abre nuestras mentes para escuchar la voz de Dios, y abre nuestros corazones para amarlo a él y al prójimo de una manera mayor.

Cuando ayunamos, acumulamos la virtud del autodominio, que nos dispone a las cosas buenas que el Señor nos quiere dar, y atempera nuestro deseo de las cosas sensibles de este mundo. Ayunar sobre cosas buenas y sensibles, como comer o beber, nos da poder sobre la tentación de pecar y nos permite regocijarnos en lo que es verdadero y bueno.

La práctica de la limosna nos permite darnos y salir de nosotros mismos. Esto incluye asistencia a aquellos que carecen de las necesidades básicas de la vida. También puede incluir estar más atento a las necesidades de los demás, incluyendo nuestros familiares y amigos, pero también a los que están preocupados, ansiosos y deprimidos.

San Ireneo dijo que “la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo.” El tiempo sagrado de la Cuaresma nos da la posibilidad de tanta renovación, tanto amor, y tanta vida nueva.

Somos muy conscientes de que estamos en un tiempo de purificación en la Iglesia. El flagelo del abuso sexual del clero, que nunca puede ser tolerado, es una sombra sobre la iglesia.

Hay muchas reformas que se deben llevar a cabo para garantizar la seguridad y la eficacia de nuestras instituciones. La reforma debe tener lugar en la Iglesia Universal y en las diócesis individuales. Pero, la reforma real solo ocurre a través de la conversión de corazones, algo por lo que podemos luchar en esta temporada de Cuaresma.

Pedimos la intercesión de la Santísima Virgen María para purificar la Iglesia. La cercanía al Corazón Inmaculado de María purifica nuestros corazones y nos acerca a Jesús. Ella es nuestra madre espiritual.

Por favor, únanse a mí para pedirle a ella su intercesión por una bendecida y fructífera temporada de Cuaresma.

Obispo Conley

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